Creció, se digitalizó y sigue siendo el SUV premium que nos enamora. Lo manejamos en su tercera generación y encontramos un auto más tecnológico y más potente. Te compartimos nuestras sensaciones al volante.
Hay autos que no necesitan presentación. El Audi Q5 lleva más de 15 años siendo una referencia en el segmento premium, de esos que reconocés en cualquier estacionamiento y que generan lista de espera cada vez que llega una generación nueva. Ahora llegó la tercera, y Audi no se guardó nada: diseño renovado de arriba a abajo, interior completamente digitalizado y una gama que va desde los 200 CV hasta los 367 del SQ5. Nos pusimos al volante para contarles nuestra experiencia.
El Q5 nuevo es inconfundiblemente un Q5, pero con todo el volumen subido. La línea de hombros es más alta, el frontal más ancho, la parrilla Singleframe más imponente. Se ve grande y seguro, con esas proporciones cuadradas que en un SUV transmiten solidez sin llegar a ser intimidante.
La versión Sportback —con la caída de techo más pronunciada desde el pilar B— le da un perfil más coupé, más dinámico, que queda muy bien en la ciudad. Si sos de las que priorizan la estética sobre el espacio de cabeza trasero, es para vos. Si llevás gente atrás habitualmente, el SUV clásico te va a dar más comodidad.
Los colores son un punto a destacar. Hay opciones sin costo que están buenas de verdad —el Azul Navarra y el Verde Distrito son los que más nos llamaron la atención— y para el SQ5 y el Sportback S line suman un Azul Ultra y un Dorado Sakhir que son, literalmente, para pararse a mirar.
Acá es donde la tercera generación da el salto más grande. El concepto se llama Digital Stage y básicamente significa que casi todo es pantalla. Hay un virtual cockpit de casi 12 pulgadas frente a la conductora, una pantalla central táctil de 14.5 pulgadas para el infotainment, que corre con Android Automotive, lo que quiere decir que tiene Google Maps nativo y funciona como una tablet inteligente, y una tercera pantalla para el acompañante que en algunas versiones es opcional.
¿Funciona bien en la práctica? Mayormente sí. El sistema es fluido, responde rápido y la lógica de los menús es más intuitiva que en generaciones anteriores. Lo que requiere adaptación es la ausencia de botones físicos para muchas funciones —el clima, por ejemplo, se maneja desde la pantalla táctil, y eso puede ser un poco molesto cuando querés bajar la temperatura sin apartar la vista de la ruta.
El espacio interior es generoso, los materiales tienen esa calidad premium que se siente apenas apoyás la mano, y la iluminación ambiental con luz de interacción dinámica es ese detalle que no sabías que necesitabas hasta que lo tenés.
Probamos el Q5 en su versión de 272 CV —el Advanced Plus— y la diferencia con el motor de entrada (200 CV) se nota, especialmente en autopista. La respuesta es inmediata, la transmisión S tronic de 7 velocidades hace el trabajo de forma casi imperceptible y la tracción quattro da esa confianza de que el auto va exactamente donde vos querés que vaya, llueva o no.
En ciudad el Q5 es cómodo, filtra bien los baches y el tamaño no se hace pesado de manejar. Es de esos autos que se sienten más chicos de lo que son.
Y después está el SQ5 Sportback. Motor V6 3.0 de 367 CV, de 0 a 100 en 4,5 segundos. No es un auto para la ciudad con semáforos cada 200 metros —es para la autopista, para la ruta, para las que disfrutan de ese empuje que te pega contra el asiento cuando pisás fuerte el acelerador.
El Q5 viene bien equipado en este rubro. El frenado automático de emergencia, el control crucero adaptativo y los asistentes de cambio de carril son de serie en toda la gama. Las versiones de 272 CV y el SQ5 agregan cámaras de entorno Top View y Head-Up Display, que proyecta la velocidad y la navegación sobre el parabrisas, y que, una vez que lo usás, no querés volver atrás. El asistente de estacionamiento automático también está incluido, lo que en un SUV de este tamaño se agradece mucho en los estacionamientos angostos del día a día.
La posición de manejo es perfecta: alta sin ser exagerada, con esa visibilidad amplia que hace que manejar este auto sea un placer desde el primer momento. La dirección es precisa y bien calibrada, firme cuando la ruta pide confianza, más liviana en la ciudad. No hay sensación de que estás conduciendo algo grande, aunque lo sea.
En autopista el silencio interior es notable. Podés mantener una conversación en voz normal a 130 km/h sin esfuerzo. El motor de 272 CV responde con contundencia cuando pedís, pero en crucero es suave y eficiente. La tracción quattro se hace sentir especialmente en curvas cerradas o cuando el piso está mojado: el auto se planta, no se mueve de donde tiene que estar.
En ciudad, la suspensión absorbe bien las irregularidades del asfalto porteño, ese combo de baches, adoquines y rampas, sin que el habitáculo se resienta. La caja automática S tronic acompaña bien el tráfico denso, sin los tirones que a veces tienen los cambios dobles en situaciones de stop and go.
El Head-Up Display es de esos equipamientos que cambian el hábito de manejo: una vez que tenés la velocidad y la navegación proyectadas sobre el parabrisas, volver a bajar la vista al tablero se siente innecesario.
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